72 Curiosidades de la Historia: El día que creamos un ejército profesional

Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, ordenó transpostar los víveres y las armas en carros especialmente acondicionados para ellos. De esta forma rompía con la costumbre de ver como esa labor era llevada a cabo los criados. Fue sin duda un punto de inflexión, al que seguro su hijo debería estar muy agradecido. Pero deberíamos esperar dos siglos más para asistir a una gran revolución en los usos y costumbres militares.
Nada podía hacernos presagiar que la carrera política de Cayo Mario dejaría una honda huella en la civilización occidental. Cuando llega al ocupar el puesto de Cónsul romano, el pueblo tenía grandes esperanzas en él.
Una larga guerra de dos años en África, estaba desgastando al ejército y cansado a la población de la capital. Dos años sin perder ninguna batalla pero sin conseguir derrotar al Rey de Numidia. En este clima Mario llega al poder. Consciente de que la República necesita refuerzos pero los ciudadanos elegibles son muy pocos debido a las sangrías de las guerras anteriores, era hora de actuar.
En el año 107 A.C Cayo Mario inicia las reformas que transformaría totalmente la estructura militar para la posteridad. Su misión al principio no era otra más que derrotar al actual enemigo de Roma, pero su reforma de gran calado removió totalmente los cimientos de la sociedad romana.
Antes de poner patas arriba a los cimientos del ejército encargado de defender la República romana, los requisitos para formar parte del ejército era muy exigentes. Podían formar parte del ejército los miembros de de la quinta clase del censo o superior y se debían de tener propiedades valoradas en al menos 3000 sestercios (un obrero ganaba al año unos 1000 sestercios). Además, al no ser el ejército una institución estable cada soldado debía aportar su propio armamento. Aunque en efecto era una dura carga, también los antiguos romanos veían esto como una obligación moral a la vez que un gran honor.
Cuando una amenaza se cernía sobre Roma, los cónsules reclutaban de entre la población a los ciudadanos que podían ser soldados. Forman la hueste en su mayor parte los voluntarios que el cónsul era capaz de conseguir.
La primera medida tomada por Mario fue la obligación de servir a la patria de las personas sin tierra ni propiedades, estás por fin podrían alistarse. Lógicamente eran personas pobres, labradores o pequeños arrendatarios que no podían costearse sus propias armas. Desde Mario, el Estado suministraría armas, si bien al principio pasarían a manos de los propietarios que deberían pagarlas a plazos.
Mario también creía que Roma debería tener un ejército estable, no era buena idea formar uno al sentirse la ciudad amenazada. Se convertía así la vida militar en una salida profesional para los estratos más bajos de la sociedad romana. Este particular contrato de trabajo se suscribía por 25 años.
Las razones de Mario no sólo eran militares, también económicas. En las que guerras que la primigenia Roma llevaba a cabo, terminaba quedándose en el campo de batalla toda la clase media. No morir en batalla no suponía un alivio económico, al volver a casa sus campos o negocios habían estado sin atender.
También debemos a Mario mucha de la parafernalia militar, algo que los regímenes totalitarios del siglo XX supieron imitar a la perfección.
El águila constituía un símbolo, un objeto a defender con la vida. No es de extrañar que en tiempos del emperador Augusto, la pérdidas de estos tres símbolos militares causara una gran depresión al “primero de los ciudadanos”.
Al ser ahora el Estado suministrador del ejército, podían sentarse las bases del armamento a usar. Escudos, jabalinas o armas cortas eran ahora iguales y se intentaba que estuvieran todos en perfecto estado, además de ser más fácilmente reemplazables. Las nuevas legiones romanas entrenaban durante todo el año, ya no eran ciudadanos sin ninguna experiencia inexpertos en el campo de batalla.
La condición física de los soldados y su disciplina militar hacían de este momento a las legiones el mejor ejército de la antigüedad.
Hasta las reformas, un ciudadano romano regresaba a su casa e intentaba continuar con su vida a la espera de volver a ser llamado a filas. A partir de ahora los soldados jubilados recibirían una pensión vitalicia y tierras en alguna zona conquistada. Para los más pobres, el ejército lo era todo. Además de tener una salida para la miseria, podían conseguir en el campo de batalla el reconocimiento que en el sistema clasista romano les negaba. Incluso a los habitantes de la península itálica que no eran ciudadanos romanos, podían sirviendo en el ejército alcanzar la plena ciudadanía. Tras la batalla de
Cuando Mario terminó la que él mismo calificó como la gran obra de su vida. Roma había sentado las bases de su futuro dominio militar. El cónsul no necesitaba reclutar a ciudadanos mal armados y sin experiencia, muchos de ellos indolentes e indisciplinados. Con las tierras otorgadas a los veteranos, Roma se aseguraba población fiel en los territorios conquistados.
Pero también abrió la caja de Pandora. Los generales romanos constituían ahora un nuevo poder en Roma. Al terminar las contiendas se negarán en el futuro a entregar el poder convirtiéndose en caudillos de un ejército personal a su servicio, este sería el germen de las posteriores guerras civiles que asolarían la República y terminaría con ella.


