93 Curiosidades de la Historia: Las ciudades vedadas para los occidentales - 2ª parte
La otra historia tanto o más interesante que la de Ali Bey fue sin duda la búsqueda de la mítica ciudad de Tombuctú. Esta ciudad era el punto de entrada al inmenso desierto del Sáhara y estaría situada en el centro de la actual Mali; allí se reunían las caravanas de los camelleros de la tribu bereber de los Tuareg fundándola en el año 1100. En el Siglo XIV vivió su apogeo y se construyó su muralla actual y su primera mezquita. En su época de esplendor llegó a albergar a más de 100.000 habitantes que vivían casi exclusivamente del comercio.
Tombuctú formó parte de dos imperios que poco tienen que ver con los países que han hoy heredado sus nombres, Ghana y Mali. Las riquezas de esta ciudad del centro de África eran legendarias puesto que antes del descubrimiento de América todo el oro que circulaba por Europa procedía en su mayor parte de este lugar. La ciudad bañada por el Niger (se creía entonces que este río era un afluente del Nilo de ahí su nombre en latín “el Nilo de los negros) era objeto de toda clase de historias, pero muchos dudaban de su existencia hasta que precisamente cuando más poder tenía la ciudad su soberano el emperador de Mali Kankan Musa peregrinó a la Meca como buen musulmán, para sus gastos en el viaje y el de su séquito llevó consigo el impresionante tesoro de 300.000 piezas de oro, lo que lógicamente provocó la caída de la cotización de este metal precioso en todo el Mediterráneo. Se demostraba de esta forma que Tombuctú era real. Cada vez llegaban más testimonios de personas que decían haber estado en ella, todos no europeos, se hablaba de una ciudad llena de médicos, jueces, edificios perfectamente ornamentados y hombres sabios que visitaban a diario sus innumerables bibliotecas, un paraíso para los sentidos como algunos lo calificaban. En 1590 el sultán de Marruecos decidió atravesar el Sáhara con su ejército para conquistar tan rico país. Al frente de la expedición un almeriense, Yuder Pachá, criado como esclavo desde niño cuando fue secuestrado por unos piratas berberiscos, había ascendido socialmente hasta convertirse en caíd de la Guardia Española del Sultán, un grupo de renegados que servían al soberano de Marruecos. Pachá se apoderó rápidamente de la ciudad pero descubrió que en sus minas ya no quedaba oro. Marruecos se olvidó entonces de la ciudad y parte del ejército se estableció en ella mezclándose con la población civil, siendo soberanos de la misma hasta el Siglo XVIII.
Pero seguía siendo un sitio cerrado para los no musulmanes al igual que lo anteriormente dicho con la Meca. Un lugar tan fascinante, del que se conocía su existencia y ubicación y ningún europeo se había adentrado en él y regresado después para contarlo. En 1824 la Sociedad Geográfico de París ofrece un suculento de premio de 2.000 francos de la época al primer europeo que desvelara el mito. Pero realmente, no era del todo cierto que ningún europeo hubiera visitado la ciudad. Algunas personas habían llegado a visitarla pero ninguna había regresado para contarlo, el escocés Alexander Gordon Laing estudiando la cuenca del Níger había dado con la ciudad pero se había sido asesinado. Robert Adams logró llegar a la ciudad prohibida pero asesinado por un grupo de tuaregs en el viaje de vuelta.
Antes de conocer al héroe de la historia, debemos referirnos a Paul Jubert, este marino francés sufrió un naufragio en las costas de Senegal, hecho prisionero fue conducido a Tombuctú donde fue vendido como esclavo, terminó sus días como cautivo en Marruecos, no logró su sueño de regresar a Europa y contar lo que allí había visto.
La gloria de esta aventura estaba reservada para el hijo de un panadero, René Caillié. Mientras en Europa se organizaban expediciones entre intrépidos exploradores o geógrafos reuniendo dinero y provisiones, Caillié se armó de valor y decidió viajar a tierras exóticas con lo puesto. Se enroló como simple marineo de un mercante francés y llegó a la costa occidental de África. Su falta de dinero para el viaje fue suplida por su ingenio y coraje. Se unió a una caravana de comerciantes y dijo haber sido un niño egipcio secuestrado por Napoleón, llevado a Francia, su deseo ahora era regresar a su patria. Por el camino aprendió árabe y los fundamentos de la religión musulmana, su ignorancia fue acachada a sus años en Francia y la historia pareció colar. Tras 1.500 kilómetros, enfermo de escorbuto por falta de frutas llega el 20 de Abril de 1828 a Tombuctú. A partir de ese momento, para diferenciarse de los desdichados que anteriormente lo habían intentado, debía regresar.
Ante sus ojos se encontraba la ciudad fantástica, inexistente para muchos y mágica para otros. Seguramente le vino en ese momento a la cabeza un dicho malí que aprendió durante el viaje “El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Tombuctú.”. Tuvo que recordarlo, porque debió parecerle falso. Lo que encontró fue una ciudad pobre en mitad del desierto con cientos de casas de barro en un estado bastante lamentable, si antaño fue la capital de un gran imperio ya no quedaba rastro.
Tal fue la decepción, que pasó sólo dos semanas en la ciudad, lo suficiente para coger fuerzas y emprender de nuevo el camino. Como tenía que continuar con su farsa del origen de egipcio tuvo que realizar el viaje más largo y peligroso, caminó hacia al norte del Sáhara unos 3.000 kilómetros hasta llegar a Tánger, en aquel momento ya no tenía dientes y su piel parecía la de un anciano. Había tardado 19 meses permaneciendo casi la mitad enfermo, había cruzado a pie África desde el golfo de Guinea hasta el Estrecho de Gibraltar.
Una vez en su Francia natal nadie le creyó. En primer lugar porque era imposible que alguien sin estudios ni preparación hubiera conseguido semejante hazaña y también, porque estaba destruyendo el encanto de Tombuctú, los edificios recubiertos de oro, las inmensas bibliotecas y los bellos jardines no aparecían.
Por suerte para René Caillié él era francés, bastó el ataque de Inglaterra al calificarle en los círculos académicos como un impostar para obtener automáticamente el reconocimiento de sus conciudadanos. Recibió entonces la Legión de Honor y una pensión vitalicia además de cierto reconocimiento social. Lo cual duró poco, el viaje le había destrozado tanto la salud que falleció poco después a los 39 años de edad en la pobreza. Ese fue el triste final del primer europeo que visitó Tombuctú y regresó para contarlo.


